Más Allá del Dolor
Está por amanecer.
Aún está oscuro afuera. Escucho
los pajaritos recién levantándose y comenzando su conversación mañanera. Me quedo en la cama escuchando.
Al rato me levanto y voy a la cocina. Muevo la silla con cuidado para que Lucía no
se despierte y apenas lo hago tomo conciencia de que no está. Se me arruga el corazón. No quiero abrir la puerta de la cocina que da
para el porche para no sentir aún más la ausencia de Lucía. Siento un nudo en el estómago.
Quiero hacer un cafecito y me doy cuenta de que hoy no
está Lucía velando el guayoyo que tanto le gustaba, al punto de llorar, desde
el primer día que llegó a casa con sus apenas cinco semanas. Nunca le di para no hacerle daño, pero ella no
perdía las esperanzas de que algún día yo flaqueara y le diera un poquito de
guayoyo. Se cuela el café y al primer
sorbo me doy cuenta de que no me sabe igual.
Lo dejo allí.
Observo la comida está en la nevera. Le estaba dando comidita hecha en casa,
suavecita y con el pollito desmenuzado.
Vi en la nevera una sopita que le preparé el último día y que ya no
quiso. Las dos estábamos comiendo lo
mismo. No me provoca comer de esa
comida. Sería como una desatención comer
sola y siento un vacío inmenso en el corazón.
Mis desayunos han cambiado. Compartía con Lucía las arepitas de la
mañana. Ella se comía lo suavecito de
adentro y yo me comía la conchita más tostadita de afuera. Así quedábamos las dos contentas. No he
podido hacer ninguna arepa. No puedo ni
siquiera imaginarme amasando la harina.
Ella se sentaba a mi lado observando y cuando terminaba de amasar y las
ponía en el tosti-arepa se acostaba a un lado esperando a que estuvieran
listas.
Siento que lo más difícil de vivir un duelo es darte
cuenta de la cantidad de actividades cotidianas que compartías con ese ser y
sentir la ausencia, el vacío.
Hacía muchos años que no vivía un duelo tan
fuerte. Cuando se fue mi gata la
Malandra y a la semana la siguió mi perro Eliodoro, recuerdo que fue duro, pero
con ellos yo no compartía tantas actividades de la vida cotidiana.
Este duelo me recuerda cuando se fue mi papá hace ya
45 años. Tenía yo 17. Y con todo y todo ese duelo fue distinto
porque yo no me di el permiso de vivirlo sino 10 años después, por las
condiciones en las que se encontraba mi mamá. Salió mi parte fuerte, la que tapó el dolor
con rabia, y con un silencio que aún permanece.
Este duelo por mi querida Lucía es distinto. Es un dolor que me embarga completa y lo
estoy dejando. Me estoy dando el permiso
por primera vez en mi vida, de ser vulnerable, de caminar lento, de llorar, y
también estoy abriéndome a buscar nuevos caminos para sobrellevarlo desde la
compasión.
Cuando busqué a Lucía, 3 o 4 meses después de haber
fallecido Eliodoro, lo hice a conciencia.
El día que llegó Lucía a mi vida recibí un mensaje que
me decía claramente: Eres una cuidadora.
Este mensaje no lo comprendí en toda su extensión en su momento. Pensé que se refería a que no podía vivir sin
tener una mascota a quien cuidar. Ahora,
después de 7 años cuidando a mi mamá con Alzheimer, me doy cuenta de que Lucía
me estaba mostrando un camino y me estaba preparando para algo que en ese
momento no podía imaginar.
Dios tiene caminos extraños y amorosos para mostrarnos
lo que no podemos ver.
Hasta ese momento, mi relación con mis perros había sido
muy distinta a esta con Lucía. Viajaba
mucho por trabajo y a todos mis perros los enseñé desde bebés a comer y a tomar
agua de dispensador.
Lucía me enseño a quedarme. Me enseñó a recibir su amor
sin resistencia. Poco a poco fui retirándome de la consultoría y dedicándome a
la psicoterapia. Lucía llegó a mi vida
en plena transición.
Lucía partió el lunes 23 de mayo. El martes en la mañana, al despertarme en la
habitación del ancianato con mi mamá, recibí un mensaje de muy adentro que
decía: Escuchaste el mensaje y te asumiste cuidadora y lo has cumplido con
entrega. Ahora lo puedes soltar.
Aún, no comprendo las dimensiones de este mensaje y
qué será para lo que Dios me está preparando.
Por ahora, estoy viviendo este dolor y los mensajes que lo acompañan desde mi total y absoluta apertura de corazón y vulnerabilidad, como nunca antes en mi vida, vislumbrando cómo desde mi dolor transformado en compasión quizá pueda aliviar el sufrimiento de otros.
Para lo que la Divinidad me esté preparando lo recibo.


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